¿A DÓNDE PODEMOS IR?
HUMOR CON LOS AVENTUREROS
CONÓZCANOS Y ESCRÍBANOS
   
   
INVITADOS
LA RIQUEZA ARQUEOLÓGICA DE RAPAYÁN
 

Texto: Gustavo Aliaga Rodríguez Fotos: Delci Salas

Rapayán es uno de esos tantos pueblos de la sierra que sólo se conoce por las fotografías de algún aventurero o por las cámaras de televisión; contemplarla, despierta nuestra curiosidad y asombro, pues a veces nos olvidamos, afectados por la monotonía de la gran ciudad, que las montañas también son verdes, el aire es limpio, los ríos son cristalinos y el cielo es azul.
Rapayán está ubicada en la margen izquierda del río Marañón, forma parte del Departamento de Ancash en sus límites con el de Huánuco y pertenece, no sólo por demarcaciones políticas sino por legado histórico, a la Provincia de Huari.
Quien vaya a Rapayán se sorprenderá de lo generosa que es. Sus casas de adobe lucen coloridos techos de tejas a doble caída para protegerse mejor de las impetuosas lluvias. Sus calles amplias y pedregosas ostentan elegantes balcones de madera labrada que pueden contemplarse de un lado a otro. Y las puertas de sus casas permanecen abiertas durante casi todo el día, porque en Rapayán todos se conocen, y la confianza no sólo se siente en cada gesto o en cada palabra, la confianza también está en ese espíritu colectivo, aprendido de sus abuelos y que caracteriza tanto al hombre andino.

   

 

Campanario de Rapayán. Noten la similitud en las posición de las ventanas del mismo y las del conjunto arqueológico de arriba. (Nota del editor)

 
     

En su plaza principal se conserva una antigua iglesia colonial con un magnífico campanario; las personas más entendidas nos cuentan que los tañidos de su vieja campana pueden escucharse hasta el otro lado del Marañón, en las ciudades huanuqueñas de Arancay, Shinga y Jircán. Ante un natural gesto de asombro, un viejo lugareño nos desafía: “¡Si tienen dudas vayan a preguntar por allá!”

Pero es sobre los cerros de Rapayán, donde se levanta su mayor tesoro: uno de los complejos arqueológicos más bellos e impresionantes. La piedra labrada se muestra ordenada armoniosamente en magníficas construcciones de hasta tres pisos de alto, todas ellas, lucen la descomunal marcialidad de un antiguo centinela.
El alcalde del pueblo nos dice que la gente se siente orgullosa de su pasado, pero que desconocen la importancia científica y cultural de sus monumentos. Rapayán ha sido visitada por arqueólogos franceses y canadienses y, hace algunos años, por el Instituto Nacional de Cultura (INC) quien realizó un Plan-Operativo de Delimitación y Descripción; gentilmente, el alcalde nos alcanza el Informe de Trabajo del INC publicado en noviembre del 2001.
El complejo arqueológico abarca un área total de 10 Km2 distribuidos en los distritos de Rapayán y Huacchis, en este último, el complejo ha sido destruido en un 70% debido al huaqueo, la presencia de animales y la construcción de caminos por parte del Estado. Su antigüedad data desde el Formativo Medio hasta el Horizonte tardío (200-600 d. C.) No sólo en la ciudad de Rapayán pueden admirarse estos monumentos arqueológicos, también en algunos de sus anexos como Tactabamba, Porvenir y Gantumarca. El visitante que ponga en prueba la fuerza de sus piernas frente a los empinados caminos de las montañas no quedará desilusionado.

 
Sobre Huasgo se cuentan historias de celebraciones con harto consumo de bebidas alcohólicas. Muchos aspectos sobreviven hasta hoy si lo dudan vayan en épocas de fiesta.
     

Hace ya muchos años los lugareños encontraron y desenterraron varias momias que trasladaron a un improvisado museo acondicionado por el municipio. Un viejo profesor ya cesado nos dice: “Estos malquis –nombre en quechua que significa momia- nos ayudaron muchísimo a educar a estas gentes”. Al momento, muchos empiezan a sonreír y otros a soltar una carcajada. Y es que en Rapayán ya no es costumbre pero alguna vez lo fue, el que los alumnos menos aplicados sean amenazados con el castigo de pasar una noche con las momias o besar alguno de los cráneos sino mejoraban en sus calificaciones. Cuando preguntamos si alguna vez se cumplió tan singular castigo, muchos guardan silencio encogiéndose de hombros y otros nos responden con sonrisas.

El pequeño museo consta de una gran vitrina de madera que albergan varias momias, tanto de adultos como de niños, en posición de cuclillas y en diferente estado de conservación. Los cráneos de estas momias se caracterizan por un alargamiento provocado desde su infancia, y que podría indicar su origen noble, además todas muestran señales de muerte suplicante, pues están atados de pies y de manos con soguillas, envueltos con mantas de lana o de la piel de los animales. Al contemplarlos uno no puede evitar preguntarse: ¿Si fueron prisioneros de alguna guerra o víctimas de algún sacrificio? ¿Por qué se les ajustició junto con sus hijos? ¿Si eran enemigos por qué fueron momificados con tanto cuidado? ¿Eligieron construir sus nichos o chullpas sobre las montañas por alguna razón? Temas de arduo trabajo para antropólogos y arqueólogos.

Visitamos las ruinas ubicadas al suroeste de Rapayán a la que la población llama Huasgo porque según los más entendidos, se realizaban grandes fiestas con harto consumo de alcohol, quizás por alguna ceremonia religiosa o por el triunfo de alguna gran batalla. Huasgo conserva parte de su arquitectura a pesar de la maleza que lo envuelve y los gallinazos que la habitan. Sus muros ingentes, sus entradas trapezoidales y sus chullpas, a manera de hornacinas, nos indican el gran nivel cultural alcanzado.

 

 

La escala de esta imagen nos la da el visitante que en la parte superior parece sentirse impresionado por la magnitud de estas construcciones.

 
             
 

Shuccoraga está ubicada al norte y quiere decir ‘caserón en forma de sombrero’, y el nombre le va muy bien, pues existe una construcción de cuatro pisos adornada con ventanas desde donde puede contemplarse, a manera de torreón, toda la ciudad de Rapayán.

Nos encaminamos a las ruinas de Chaupis, que en lengua quechua quiere decir ‘en medio’. Nuevamente observamos los muros con sus pequeñas hornacinas y las entradas trapezoidales, también la maleza y los arbustos que restan belleza a este complejo, así como la presencia de graffitis realizadas por quienes no saben respetar ni querer este patrimonio. Unos metros más abajo, después de retirar algunos arbustos y de arrancar la mala hierba hemos encontrado, en unas hornacinas, osamentas muy bien conservadas, asimismo sobre estas chullpas existe un ornamento de figuras triangulares, quizás sea algún indicio que nos pueda decir el origen de estos restos.

En Rapayán, abundan las historias de una hermosa mujer ricamente vestida que ha sido vista paseando por aquí, o de un extraño vestido de negro quien, portando una lámpara de querosene, se ofrece llevar, a cualquier persona, hacia lo más profundo de las chullpas para mostrarle los tesoros, o de quienes, simplemente, por pasar muy cerca de estas ruinas han sido víctimas del “susto”. Por eso, respetando sus costumbres hemos llevado coca y azúcar. Y en una de las ruinas de Chaupis, que la población venera como una capilla, colocamos algunas hojas diciendo una plegaria cristiana. Lo característico de esta construcción es la presencia, a unos dos metros de suelo, asemejando a un altar, una hornacina de gran tamaño, que pudo haber sido utilizada para rendir culto a la imagen de un dios muy antiguo.

 
 

 

Esta fotografía tomada por Delci Salas es prueba evidente que la llamada extirpación de idolatrías durante la colonia fue un fracaso. El mundo andino y su cosmovisión permanecen al igual que sus huacas, sin esplendor pero con imponente presencia, en la idiosincrasia de los pueblos.

 
           

Un poco más al norte y en medio de una gran soledad, se levanta Huacsa castillo que quiere decir ‘el pobre castillo’ porque no tiene ventanas ni ornamentos, o según otras interpretaciones, ‘el castillo huérfano’ porque no tiene a nadie cerca. Al pasear por sus muros uno no pueda dejar de sentir cierta orfandad, como una melancolía de soledad.

La combi que sale de Rapayán lo hace sólo dos veces por semana y como es de esperarse siempre va repleta; antes de partir, su alcalde me pide que cuente las maravillas que he visto, para que quizás alguna institución se interese en proteger estos monumentos que se están perdiendo: “…como ves aquí nos falta todo, pero se tiene voluntad”

Cuando deja de verse la última casa, vuelvo a sentir ese sentimiento de orfandad, la misma melancolía que sentí en Huacsa Castillo… Rapayán es como esos pueblos pobres y olvidados de la sierra, sumergido en la gran soledad de la indiferencia.

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