Los senderos de Añay son muy angostos y están rodeados de cactus, obligan al turista de aventura a tener mucho cuidado y poner a prueba su vista, calzado y serenidad.
¿A DÓNDE PODEMOS IR?
HUMOR CON LOS AVENTUREROS
CONÓZCANOS Y ESCRÍBANOS
   
(*) El tinte rojo para pintar lo extraían de las carrampas. árboles que crecen por la zona.
INVITADOS

LA

LLAMARADA

ROJA

(Crónica de una excursión por el viejo camino de los Atavillos)

Texto por: Carlos Suárez


Ante la sumisión bíblica del Eclesiastés del “ no hay nada nuevo bajo el sol”, los dioses andinos yerguen una flama roja ardiente, resplandeciente en lo alto de las montañas, al borde del dulce abismo, pretendiendo incendiar las nubes, y el sol rojo del atardecer nos anuncia la novedad del asombro, de ese golpe a la conciencia y a los sentidos que habría sido para un viajero en la antigüedad, Rúpac, Añay y sus contornos, pero también intimidador, peligroso, disuasorio para cualquier guerrero invasor que pretendiera hallar sus cumbres.
Y es que esos parajes, eran primigeniamente unas ciudadelas fortalezas pintadas de rojo (*) y el efecto visual que se generaba cuando caía la tarde y el sol rojizo se reflejaba en su murallas, acompañados de su atardeceres con el horizonte marino en la lejanía debían haber sido espectaculares, apocalípticos para los mortales hace mil años.

Coincidentemente Rúpac significa “fuego o llamarada roja” en aymara y “caliente” en quechua. Como si fuera un acertijo lingüístico estas etimologías nos dan dos de la características principales de esa suerte de “Masada atavillano”: Fuego rojo por el efecto visual anotado anteriormente y caliente por sus admirables viviendas llamadas “Culllpis”, que adelantándose a su época fueron las únicas del Perú antiguo que se sepa, tuvieron calefacción.
Pero ¿cómo aparecen los Atavillos en la escena limeña con una tecnología constructiva tan avanzada que no tiene paralelo, ni antecedentes en la región? ¿dónde aparece esta explosión arquitectónica tan acabada, pero tan de repente?.

Así como Tello tuvo que seguir las huellas del jaguar, ese felino emblemático de la mitología chavinoide para desentrañar sus orígenes, nosotros tendremos que seguir el rastro del puma, que merodea por la zona, para hurgar en los misteriosos orígenes de los Atavillos; estos nos llevaran al flanco oriental de los Andes, a la zona de Tantamayo en Huánuco, donde otra raza de megaconstructores, los YAROWILCAS, asombran a tirios y troyanos con sus ciclopeos rascacielos, edicifios de 5 o 6 pisos donde se pueden comprobar características constructivas similares a los atavillos. Y será un arqueólogo francés venido de la “Ciudad luz”, Bertrand Flornoy quien nos encenderá una luz al final del túnel detectando la génesis arquitectónica Atavillana y nos despejará las huellas y el rastro que seguimos.

La tesis de Flornoy plantea la influencia de los Yaros sobre la sierra de Lima, donde según sus estudios consolidaron pequeñas culturas regionales en las cuencas del río Chancay y Chillón, y los yaros a su vez provendrían de la desintegración del imperio Tiawanaco-Wari. Será por ello que algo de las “chullpas” de Sillustani, pero en distinta geometría, nos evocan los “cullpis” Atavillanos.
El rompecabezas se va armando poco a poco, pero la última letra aún no ha sido escrita, eso si nos lo permiten los “muquis”, esos divertidos duendes que son los celosos guardianes y custodios del glorioso antepasado ataviíllo.

El ingreso al complejo arqueológico de Añay se hace por estas monolíticas columnas que nacen de la montaña misma.

HOJA DE RUTA: TRAS LAS HUELLAS DEL PUMA.- Tratando de seguir este antiguo rastro, un milenio de años después, (esta vez) un grupo heterogéneo de aventureros conformados por Hamilton y Gustavo, capitostes y cabezas visibles de “AMIGOS & TOUR”, el Sr. Julio veterano en estas lides, su sobrino Roberto, su hija Jennifer y la benjamina del grupo Gina con solo 15 añitos, pero ya afiatada en estos avatares conformaban el “Clan de los Roldán” y cerraban un contingente de trekkeros anarquistas (sin grupo conocido), Francisco, Toño, Martha y Carlos (quien esto escribe).

Bueno, nuestra intención inicial es redescubrir el viejo camino de los Atavillos que conectaba Chiprac con Rupac, Marco - Cullpi y Añay, teniendo como referencia a nuestro buen amigo Francisco, quien en una caminata había unido Añay con Rúpac, yendo por sus cumbres, intención que tendríamos que abandonar posteriormente. Nuestra aventura comienza en Pallac, que se encuentra aproximadamente a 3 horas de Huaral, tomando un desvió que nos lleva por la cuenca del río Anasmayo, afluente del río Chancay, cerca de Huayopampa.

Pallac es un pueblito acogedor como muchos que hay en nuestra serranía, donde previamente almorzamos y después devoramos una porción de anticuchos que vendían en el colegio donde los pobladores se aprestaban para las celebraciones de 28. Amablemente uno de ellos nos indicó el camino hacia el complejo, a la salida del pueblo existe un cartel de referencia sobre el sitio arqueológico, pero se olvidaron de decirnos que el camino propiamente dicho llega solo hasta una pequeña quebrada bañada por un arroyo, que baja por una preciosa cascada, la cual no es percibida desde el camino; hay que ascender un poquito, y doblar un pliegue de la montaña para poder deleitarnos observándola, las fotos de rigor, el descanso necesario, y todavía no sabíamos lo que nos esperaba.

A partir de allí solo seguía un sendero de cabras que aparecía y desaparecía a su antojo, los matorrales, las espinas y los cactus eran una constante que hirieron a mi “mochila guerrera“ y asesinaron a mi inocente matra que llevaba a los exteriores, estos cactus cobrarían mas victimas posteriormente, primero con Gina quien tuvo la mala suerte de pisarlos, profiriendo un delicado lamento en contraste con el “cantante” Hamilton que lanzo un furibundo y estentóreo aullido que se escuchó hasta Huaral, gajes del oficio, nos dijimos; todo condensado con un endiablado sol que resecaba nuestras gargantas. Un promedio de 4 horas de una “trepada” bien parada desde el arroyo hasta una explanada donde se puede acampar y otear un sector del complejo.
Después de este esfuerzo nos recibe un atardecer esplendorosos donde todos los matices del rojo nos dibujan un precioso “Collage surrealista”, y ese “Sunset” de la puna nos vuelve a hacer sentir vivos, nos extasiamos tanto que nos olvidamos que nuestros amigos Hamilton y Gustavo no llegaban aún, sería una hora después que recién aparecen nuestros rezagados y extraviados camaradas, para ahora observar el precioso cielo lleno de constelaciones y estrellas fugaces. Añay nos seguía conmoviendo.

   
 

Al día siguiente comenzamos por ascender el pequeño trecho que nos faltaba para llegar e inspeccionar la ciudadela, de la cual un sector ya se encontraba a la vista. Aquí pudimos observar los famosos “Cullpis” en toda su dimensión. Estas viviendas se yerguen, muchas de ellas, al borde de los precipicios, o levantadas sobre terreno irregular adaptándose a la accidentada geografía.
Nos detuvimos frente a una e ingresamos rampando por su estrecha puerta.
Primero existe una especie de cuarto de recepción, después de ella se encuentra la habitación principal, la cual tiene un espacio de aproximadamente cinco por cinco y una altura de siete metros y alrededor de esta, existen pequeños depósitos en diferentes niveles donde sus habitantes guardaban sus utensilios y cerámicas.

 
 
    Imponentes edificaciones de Añay y una osada aventurera del grupo.

Posterior al cuarto principal existe otra estrecha habitación donde se encuentra el fogón o “Huaira” con su respectiva chimenea, a donde agazapado ingreso nuestro osado amigo Francisco recibiendo un ósculo de un travieso murciélago. En su interior pudimos comprobar “in situ” , como estos ingeniosos arquitectos pudieron diseñar esta chimenea en forma de hongo, que tiene un estrecha salida al exterior y sobre todo que pudimos observar linternas en mano (por la oscuridad reinante), un detalle sumamente relevante: los canales que corrían en su contorno para distribuir el calor por toda la vivienda, era el sistema de calefacción, único en su genero en el antiguo Perú.

Una vez explorada esta área nos dirigimos un poco más arriba por una pequeña calzada empedrada que aún se mantiene en pie a pesar del tiempo transcurrido, dividiéndose en dos que nos llevo por su derecha a otro conjunto de enormes cullpis dispersos por un risco, siguiendo de frente la calzada pero ascendiendo llegamos a otro conjunto armonioso conformado por una amplia plazuela, una “Huanca” en medio de ella, un cabildo y detrás sucesivas terrazas superpuestas. Al respecto debemos señalar que los "cabildos" eran una especie de pasadizo techado con varias puertas, cada puerta correspondía al lugar donde se situaba un curaca de Ayllu, generalmente se situaban frente a una plazuela llamada “Cusipata”, estos conjuntos eran lugares para ceremonias y juntas de los jefes o curacas, donde posiblemente ofrecían sacrificios de llamas y humanos, pues se han encontrado en varias piezas las llamadas “aras de justicia” o HUANCAS, que son especies de postes; de piedras de un metro de alto, que también tenían una finalidad coercitiva.

 
 

Foto Izq. : Las pintas, que ya no merecen llamarse graffitis, dan cuenta de vistantes ignorantes del daño que causan a este importante patrimonio nacional.

Foto Der.:Las huancas son prueba de allí se hacían sacrificios y se daba castigo.

Después de poder apreciar y deleitarnos con todo este complejo arqueológico nos preguntamos como sería si lo pusiéramos nuevamente en valor, ni siquiera habría que gastar en su restauración, por que nos da la impresión que sus habitantes se hubieran retirado solamente hace unos días y han dejado sus construcciones casi intactas , seria necesario simplemente desalojar el ganado que muchas veces apacenta aquí , el cual se ha convertido en el principal depredador de este antiguo legado, también poner en funcionamiento una “huaira” o hacer un réplica y mostrar el sistema de calefacción a los desavisados turistas, podar la maleza que crece en lo alrededor, sembrar un poco de grass, reinagurar el viejo camino atavillano que unía Rúpac y Añay que de por si sería un hermoso destino de trekking, y tendríamos un conjunto de varios complejos arqueológicos de primer nivel a unas cuantas horas de la capital. La receta no nos parece tan complicada solo se trata de unir voluntades, sería un forma de rescatar del olvido y rendir un justo homenaje a estos grandes arquitectos y mostrar su genialidad al mundo y a las futuras generaciones.
Foto del grupo tomada en la salida del pueblo de Pállac, antes de iniciar la caminata de ascenso a Añay.

Participaron en esta aventura (De Izq. a Der.): Carlos Suárez, Gustavo Astupiña, Roberto Flores, Martha Cajaleón, Gina Gonzales, Jennifer Roldán, Antonio Idrogo, Francisco Ramos, Julio Roldán (en cuclillas) y, el que toma la foto, Hamilton Segura.

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