Es que nuestro Perú sigue siendo informal aunque en Lima nos creamos estar en otro mundo con tanto supermercado, cines y restaurantes bonitos. En Pucallpa no encuentras un cine, tampoco un supermercado pero si tal cantidad de bancos que no dudas que allí el dinero se mueve. También hay hoteles muy buenos y económicos, pero para un turista aventurero basta uno de 35 soles con ventilador nada más, pues con aire acondicionado llega a 55 y 65. Si no eres de los que se acostumbran rápido al calor toma encuenta este dato.
La ciudad es como nuestra capital antes del alcalde Andrade, llena de comercios, desorden y de mototaxis, llamados allí motocar. Trasladarse en ellos es más caro que ir en auto colectivo y tiene un significado de status opuesto al que hay en Lima. En la capital la gente de zonas populosas y de condición economica muy exigua anda en mototaxi, los de una posición un poquito mas solvente en auto colectivo o taxi, aquí en Pucallpa es al revés.
El calor supera los 30º C y lo mejor es ir a Yarinacocha, la enorme laguna que está a solo unos 10 minutos en auto o motocar, en el primero pagas 1 sol y en el segundo entre 3 y 5 soles, de acuerdo al ánimo del conductor y de como te vea la cara.
El lago de Yarinacocha tiene lo que buscas encontrar en la selva, un puerto más simpático, unas aguas más tranquilas, unos restaurantes flotantes con buenos platos regionales (20 soles en promedio el plato) y por supuesto: unas vistas paisajistas para fotografiar.
Los domingos se pueblan los bares de gente en busca de bebidas y diversión musical: allí hay chicas bailando con prendas diminutas y moviendose como si una gran pulga les picara y no pudieran rascarse, pero que bien se ven.

Vista desde uno de los restaurantes flotantes en el lago Yarinacocha.
Yarinacocha tiene mucho que ofrecer más allá de su balneario febril y juerguero, solo hace falta buena compañía (del sexo opuesto por supuesto) y un buen guía, pues lo cierto es que por allí hay riesgo que te asalten en pleno lago o paseando por la cochas. Para eso recurrimos al albergue La Jungla de la familia Velarde que está a tu alcance por 10 soles y a 10 minutos en bote a motor. El señor Julio Velarde, el dueño, policía en situación de retiro, es el papá de bigotes y gorrita de capitán que esperaba a su hija para inaugurar su barco de río y le consultaba hasta de las cortinas azules a ella desde un teléfono en el comercial de telefónica que fue grabado en esas aguas, ¿recuerdan?. Es allí, en medio del lago, donde se puede tener un buen encuentro con la selva pues puedes alimentarte con un chicharrón de lagarto (de crianza) o ver de cerca a la temible anaconda (mansa), pues cuentan con un exótico restaurante y mini zoológico con variadas especies; o lo más sorprendente puede ser encontrar una pequeña víbora en la oscuridad antes de entrar a tu cuarto, sorprendida ella también en actitud defensiva y que se deja fotografiar.
Pero la verdadera emoción está en recorrer los atractivos de este lago, como son sus playas, su pueblos como el de San Francisco, donde vive una gran comunidad de la etnia shipibo conibo, recorrer esas aguas y sorprenderse cuando algún veloz delfín emerge como para demostrarte que él es más rápido que tu bote. Y luego al atardecer, no hay nada más hermoso que ver morir la luz del día junto a linda compañía, con ese azul del cielo y una paz que sólo se ve luego de un aguacero selvático. Belleza y paz se conjugan en un paraíso.

Bella pucallpina en atardecer en el lago.
Ya en la noche, en el restaurante, Don Julio Velarde nos explica que esos motores que se oyen en la oscuridad del lago son los traficantes de madera ilegal que las llevan al puerto para comercializarlas previo "arreglos" con los encargados de velar por la leyes y el orden. Los motores se oyen de cuando en cuando, durante toda la noche, y se vuelven una melodía monotona y fúnebre que nos recuerda que cada día se deforestan decenas de kilómetros cuadrados de nuestra selva sin que alguien haga lago efectivo para controlar esa situación.
Mejor es olvidar si se desea disfrutar a plenitud la magia de la amazonía, sus comidas como el juane, o comerse un maparate, calmar la sed con un refresco de cocona, sentado bajo una sombra en esa balsa que a modo de piscina tiene el albergue La jungla. Ver esas aguas, la floresta al fondo y sentir la magnificencia de ese lugar, recordar lo visto en las comunidades ribereñas, sentir que cada minuto debe ser aprovechado pues esa visión paradisiaca se acabara pronto pues tienes que partir.
Las vistas en el albergue restaurante la Jungla son excepcionales.
Antes de volver a casa es bueno ir a disfrutar del balneario de Yarinacocha pernoctar como mínimo una noche en el Hotel Benavides, a dos cuadras de puerto y a dos casas de la plaza de armas. Pasear por la noche en esa plaza, es encontrar la cara de un pueblo tranquilo, con sus árboles decorativos con figuras de animales, su heladería en la esquina que te vende una jarra de chicha morada que te refresca hasta el alma, y si eso no funciona, y es domingo,se puede ir a ese hermoso templo que esta en la otra esquina y oír una homilía del padre Gregorio en su misa nocturna. Saldrás contagiado del entusiasmo del sacerdote y agradecido con el Dios de la alegría por darte la oportunidad de conocer Yarina, su gente linda y alegre, su laguna, su balneario y su encanto de pueblo chico que no se deja olvidar.
H.S.
Te invitamos a ver el álbum con más de un centenar de fotos y así puedas imaginar todo lo que vivimos con una narración más amena y ficcionada.