REFLEXIONES


A UN AÑO DE SU PARTIDA:

Recordando a Raquel.

Todavía la recuerdo bajando apresuradamente después de llegar a un punto de descanso para ayudar a su amiga que se rezagaba aún más que yo. Era el año 97 y mientras en Lima se vivía un día gris y húmedo, nosotros sudábamos bajo un rudo sol en ese ascenso directo a los Bosques de Zarate en Huarochirí .Estaba delgada, y provista de un físico envidiable dejaba su mochila arriba y regresaba para cargar la de su amiga y así facilitarle la subida.
Raquel era así. No dudaba nunca en ayudar a un amigo si podía hacerlo, lo hizo conmigo presentándome a su jefe, el dueño

Raquel Paredes Páucar. No llegó a cumplir los 30 años, pero su recuerdo es imperecedero en la memoria de los excursionistas que la conocieron.

de una empresa gráfica, al cual brindé servicios de fotografía por algunos años permitiéndome obtener ingresos eventuales que son como salvavidas cuando no se tiene un empleo estable.

Todavía la recuerdo cuando a lo lejos y sin poder verme gritaba: ¡encontré agua...! y esas fueron las palabras más maravillosas del mundo en ese momento para mi, pues en mi cantimplora y en las botellas de ella sólo quedaban unos sorbos por si teníamos que descender apresuradamente hacia los riachuelos que estaban unas horas abajo.
Esa energía vital que tenía para sembrar esperanza y animar a los compañeros en el camino de su vida era especial. Nunca tuvo mucho, pero siempre supo dar y compartir. Era simplemente una chica excepcional y fuerte que supo superar muchos obstáculos en su vida como a piedras, lodazales y grietas en sus caminatas. No era de posición económica solvente y eso no fue impedimento para que ella practique las actividades que más le gustaban como el trekking, la escalada en roca y el sentirse muy feliz en la montaña rodeada de nieve, actividades que se supone son reservadas para un sector favorecido económicamente.
Todavía la recuerdo esperándome en el parque Echenique de Chosica algo molesta porque, como siempre, me había tardado y eso hacía que nuestra partida para disfrutar de un domingo de sol, de caminos de herradura y transpiración, se tardara también.
Era también así de enérgica y sabía exigir lo que consideraba justo. Pero lo más lindo de ella era que también sabía pedir, lo hacía de tal manera que tu no te dabas cuenta que te estaba pidiendo ayuda sino sentías que te estaba dando una oportunidad. Eso lo hizo mas de una vez conmigo y me encantó acompañarla en alguno de sus proyectos, pues allí estaban sus amigos, compañeros de aventura, con quienes también habíamos compartido rutas.
Recuerdo que cuando iba su oficina a vender algunas diapositivas a su jefe, siempre tenía una sonrisa para darme la bienvenida furtiva, pues en ese lugar de trabajo no estaba permitido la "vida social". Era una sonrisa acompañada de esa mirada pícara que se imponía tras sus lentes correctores. Era una sonrisa sincera, directa y breve, tal como era ella.
La recuerdo que me llamaba para convencerme de darle la vuelta al Huayhuash en el mes de julio de hace tres años, lo volvió a hacer el año siguiente y como siempre por cuestiones económicas o laborales no pude acompañarla. Ese trekking, que sería el último para ella, era uno de sus objetivos mas preciados y ella tenía que hacerlo. Ese año no me llamó para pedirme que la acompañara, tampoco mi trabajo lo hubiera permitido. Pero ella no era de las personas que se dan por vencida fácilmente. Esta vez tenía un amigo para el camino y eso era suficiente para empezar el trekking que quedó inconcluso por unos delincuentes campesinos que buscaban paliar brevemente su miseria.
Todavía la recuerdo en la fiesta de año nuevo en un balneario del sur con su gorra de bufón y con toda su energía. Fue la última vez que la vi, hablé, bailé con ella y proyectamos volver a compartir un camino de herradura. No imaginaba que ese camino nunca llegaría, pues el trekking de su vida terminaría ese año a más de 4 mil metros sobre el nivel del mar cerca de un poblado que ni siquiera figura en los mapas.
Ese trekking, conocido como uno de los mejores del Perú, duró varios días, pero de seguro que para ella y Kurt, su norteamericano acompañante, fue corto y juntos disfrutaron de la montaña y de la nieve.

En la lucha contra el frío, contra la distancia y contra el tiempo, salió airosa, pero... en la lucha contra la muerte no le fue igual. En sus manos y uñas se evidenció la prueba de una pelea hasta el final contra el desigual y sorpresivo ataque.
Una amiga, fuerte como ella, la buscó incansablemente por más de un mes, presionando a amigos, a los campesinos, a la policía para hallarla. Y así lo hicieron.
La recordaré siempre cuando esté en alguna caminata. Pero sobre todo la recordaré como la amiga que me sonrió, me dio la mano, y con su ejemplo me ayudó a comprender que el trekking de nuestra vida no es el caminar para llegar, sino el esforzarse y el saber compartir el camino.

H.S.

 
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