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TUPE:
Escenario de una lengua que muere |
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A
12 horas de caminata desde el pueblo de Catahuasi (provincia de Yauyos,
Lima), ascendiendo y siguiendo la quebrada hacia el Este, se encuentra
el pueblo de Tupe. |
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El
camino de herradura es de ardua subida en su primer tramo para después
continuar su irregular zigzagueo con un nivel casi horizontal durante
las casi diez horas que restan de caminata.
Lo bonito del trekking es ver andenes que todavía prodigan productos
de la tierra y una naturaleza no contaminada por lo turbio de la ciudad,
lo feo es sentir que el camino no termina nunca y sólo hay que
seguir, seguir....y seguir, por inercia y cuidándose de no caerse
al abismo que a tu derecha se mantiene constante y te recuerda que estás
pisando terrenos de altura.Luego de un descanso obligatorio y con pernocte
en el pueblo de Aisa se continúa la travesía con el mismo
ritmo y la misma perseverancia que sólo el turista de aventura
posee. Unas escalinatas de piedra te despiertan de tu letargo mental y
tensan más los músculos de las piernas pues todo te dice
que ya estás muy cerca, y te das ánimo pues es la última
subida. La sensación de entrada triunfal a la plaza de armas es
la que reconforta y te permite, al fin, reconocer que estás con
un apetito voraz, por lo cual descargas tu mochila, te sientas, te alimentas,
reposas y al fin puedes apreciar el lugar. |
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El
uso de la piedra, la forma de sus calles, el respeto a la naturaleza da
luces del obligado mestizaje cultural de este pueblo; sus calles intentan
seguir el modelo de la plaza principal al centro, los edificios más
representativos a los costados y las calles alineadas alrededor de ella.
Pero, en Tupe el templo parece mirar al atardecer, a los apus y no a su
plaza, la que da hacia ella parece una puerta lateral y no la principal,
las calles parecen respetar las grandes piedras y el recorrido del agua
en épocas de lluvia, todo el pueblo mismo parece sumiso a su entorno
natural. |
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Empedrada
calle de Tupe muy integrada a su medioambiente. |
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Pero
este pueblo tiene una historia nada sumisa. Según los editores
de la revista Tupinachaka, los Yauyos nunca fueron sometidos por los incas
pues sus ayllus estratégicamente ubicados nunca permitieron el
ingreso de tropas enemigas, gracias a eso conservaron sus costumbres y
su propia lengua: el jacaru, también llamado cauqui. Lo mismo sucedió
a la llegada de los conquistadores españoles, ellos no pudieron
doblegar la inaccesibilidad natural del territorio y la fiereza de los
yauyinos al defender lo suyo, hasta que los frailes dominicos utilizando
toda su prédica y conocimientos lograron convencer al líder
de uno de los ayllus para que permitiera el paso por uno de sus controles
a las tropas españolas lo que determinó el avasallamiento.
No existe un solo hotel en el pueblo, tampoco un restaurante que funcione
con regularidad, no hay sistema de alcantarillas, ni letrinas para el
visitante, sin embargo se puede conseguir que alguien te alquile alguna
habitación para pasar la noche o un espacio para acampar. Los niños
no están acostumbrados a ver extraños y no entienden la
idea del turismo, pues lanzaban piedras a las carpas instaladas por los
viajeros, tal vez pensando que son invasores que vienen a quedarse o simplemente
porque irrumpimos la tranquilidad casi sepulcral en la que se vive aquí.
Los postes que sostienen el cableado eléctrico que debería
brindar iluminación por las noches son sólo fantasmas que
parecen resignados a dejarse cubrir por la oscuridad y la densa neblina
que cae al anochecer; los que nos atrevimos a caminar por sus calles a
esas horas no veíamos ni al compañero que nos antecedía
unos metros adelante. Sólo la cálida luz de nuestras linternas
nos permitía ver donde pisar para avanzar y los pocos ruidos que
escuchábamos eran las voces de los compañeros que se quejaban
del frío o preguntaban con voz quejumbrosa dónde estábamos.
Al segundo día salimos a conocer los alrededores. Tras una hora
de caminata por senderos no muy transitables llegamos a Tupinachaka, un
conjunto de rocas que presentan pinturas rupestres de color rojo donde
se alcanza a distinguir escenas de caza que atestiguan la existencia de
tupinos desde la etapa del nomadismo. Encontramos también unos
círculos de aproximadamente 40 cm de diámetro tallados en
la superficie de una roca, donde se deposita el agua de la lluvia y permite
tener espejos con los cuales observar el cielo y las estrellas por la
noche. Luego de espinarnos los brazos y piernas regresamos al camino que
nos conduce otra vez al pueblo. |
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| El
típico traje de las damas de esta parte de la serranía limeña
nos recuerda a la tela escocesa. |
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Esta
vez visitamos su cementerio, observamos detenidamente sus calles, esquivamos
sus cabras y ovejas, conversamos con niños y algunos adultos en
nuestro afán de conocer más a estos hermanos de la serranía
del departamento de Lima.
Encontramos a Tomás Acevedo Sanabria, comunero de Tupe, quien estaba
junto a su esposa que viste la tradicional ropa roja a cuadros y con una
pañoleta amarrada en la cabeza, es el mismo tipo de vestuario que
vimos usar a todas las damas de este pueblo así como el de Aisa. |
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Don
Tomás y su esposa hablan el jacaru, su nieto Erlenin nunca lo aprendió. |
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Junto
a ellos estaba el nieto que vive con ellos, Erlenin, de unos cuatro años;
con ellos conversamos.
El señor Acevedo nos aseguró que Cauqui es como los de habla
castellana llaman a su dialecto, pero ellos le dicen jacaru y es hablado
por alrededor de 300 comuneros de la zona. Ha habido intentos por brindar
educación bilingüe pero lo cierto es que los niños
de la zona no hablan el jacaru y no tienen muchos deseos de hablarlo,
a este paso se calcula que en unos 30 años ya no se hablará
más este legado cultural de los yauyos.
La esposa nos habló solamente en Jacaru (ofrecemos aquí
parte de su testimonio en media player) y la traducción nos dio
a entender que las condiciones de vida del campo unidas a la cercanía
del mundo citadino hacen que no sea útil para los jóvenes
hablar su dialecto, ellos estudian, trabajan, viven en Lima y Cañete
y sólo vuelven a su lugar natal en contadas ocasiones.
Nos atrevimos a pedirle al pequeño Erleni que nos hablara en el
dialecto de sus abuelos, recordaba que los estudiantes de lingüística
de San Marcos estarían fascinados de escuchar a diferentes generaciones
hablando un dialecto a punto de desaparecer y por ello insistimos: -¡Erleni
háblanos en Jacaru!.....-, él no respondía, -¿porque
no nos dices algo en jacaru?-, su mirada mostraba resentimiento hasta
que al fin respondió, y lo hizo con una inocencia que transmitía
la impotencia de toda una cultura que pierde su forma más natural
de comunicación, el dijo con un tono de resignación:...........
NO PUEDO. |
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un hora de Tupe se encuentra Tupinachaka. Lugar rocoso donde se evidencia
la milenaria presencia de los tupinos. |
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